lunes, 8 de marzo de 2010

LA GORDINFLONA PARA EL LECHON

UNO

Le llamaban así porque era inmensamente gorda. Ella aun con desparpajo decía: “Para qué tendría un marido que me mate de hambre. Por esa razón me doy la gran vida yendo a los mejores restaurantes, mis platos preferidos son el lechón y el bistec, chicharrón de chancho, también me gusta el asado de cordero tierno”. Nosotros que no estábamos adecuadamente nutridos, juntamente que mi hermano solo nos limitábamos a mirarla y luego que pasaba entrábamos a la casa a mirarnos la cara al espejo. De reojo nos fijábamos en la cara de la lechona, sus mofletes demasiado crecidos a consecuencia del continuo masticar. Parecía que no tenía cuello, era como si la cabeza estuviese pegada a los hombros y el cogote Dios mío parecía de una puerca sebosa, seguro que cuando alguien cortase el cuello, no saldría sangre sino primero aparecería la grasa igual como de los puercos. No dejaban de destacar de su enorme cuerpo los dos senos que parecía que iban a descolgarse por el peso rompiendo el brasiere.

Una enorme barriga que colgaba era de aspecto particular, se parecía a una bolsa de agua cuyo contenido se batía a la derecha e izquierda o de arriba abajo, cuando bajaba y subía las escaleras. Las posaderas que tenia no eran tan enormes; pero era de tamaño regular. Cuando se aproximaba, todos la veían pasar, un grupo de jóvenes que estaban sentados en el parque Progreso comentaban: “Ahí viene la lechona, ocúltate la lechona nos verá, que le habrá pasado a la lechona está cojeando, a pesar de sus piernas parecen choclos enormes, ya no le resisten el cuerpo”. “Y que será de su hijo el lechón en Lima, ¿seguirá chupando como vikingo y comiendo como romano?” Hacía recordar a uno de sus hijos que había viajado hace mucho a la capital de la republica.

Bastaba que alguien diga que ella venía por ahí, era tema de conversación. Porque además le gustaba embriagarse continuamente, debido que su marido también hacía lo mismo cuando viajaba a Puerto Maldonado llevando mercaderías diversas sean papas, verduras y de regreso madera. En el trayecto se les malograba el camión Volvo y él también dormía con las cholas pasajeras de todo el trayecto que hacían negocios al menudeo. Ellas por la exoneración de los pasajes, en el momento oportuno pensaban acostarse con el dueño del camión o siquiera con el ayudante. En cierta ocasión conversamos con él e hizo ver que había vivido lo suficiente porque aseguraba: “Yo me he gozado como nunca con las mujeres…”. Le gustaba alardear de la cantidad de amantes que había tenido en su vida e incluso de algunas de ellas, había olvidado completamente sus nombres y peor los detalles dónde y en qué circunstancias habían tenido aventuras amorosas.

Como se trataba de mi primo algunas veces bebimos unas botellas de cerveza y al abordarlo sobre sus experiencias, sin ruborizarse me contó: “Los maridos que van a Puerto Maldonado llevando a sus mujeres son unos tontos, porque generalmente pierden a sus hembras…”. Muchos darían testimonio que efectivamente así es. Mencionaron que cualquiera que va con la intención de trabajar como vigilantes o peones en los centros mineros. La mujer también trabajará, tratando de complementar con la economía familiar; pero generalmente de cocinera o lavandera.

La lechona se casó a temprana edad a los 18 años y su marido un chofer de camión que no pasaba de los 20. Tuvieron tres hijos, dos varones y una mujer. El mayor que le dicen “lechón” es un chofer de taxi y el siguiente a duras penas se hizo de una profesión, ingeniero electricista, debido que éste perdió un ojo aún de niño a causa de un accidente. El complejo de inferioridad que tenía, el estigma del ojo malogrado, hizo que lograra aquella especialidad. La hija una menuda chiquilla, siguió los pasos de su madre, no pudo continuar sus estudios de turismo en cierto instituto. Inevitablemente se emparejo comprometiéndose con un enclenque que en el momento de desposarla le prometió de todo.

A la lechona y al “cornelio”[1] de su marido, ocurrieron los hechos más inconcebibles. El problema comenzó cuando adquirieron un camión Volvo para hacer negocios a Puerto Maldonado. Mientras los hijos aun pequeños vivían en Cusco, porque tenían que ir a la escuela o al colegio y entre tanto, los padres haciendo de las suyas. En un país como el Perú en constante crisis, la gente principalmente las mujeres, tratan de ahorrar pasajes y qué mejor la ocasión para viajar gratis; pero pagando favores con el sexo. Como él aseguró una vez: “Ellas ya saben, solo de esa forma el negocio les resultaba oneroso, de otra forma es imposible que hay alguna ganancia y sus maridos saben de este hecho”. Ante la sociedad cuzqueña y el barrio de vecinos donde vivían, aparecían como personajes honorables y de reputación intachable. Pero dentro del pequeño círculo de no más de 10 amigos o seres que conocían, sobre ellas hacían los comentarios más atroces.

Ciertamente el marido trabajaba en la explotación minera que se encontraba a un par de horas de viaje en “pequepeque”[2] y el lugar donde cocinan es otro, el mismo patrón solía determinar que la cocinera se quede por alguna necesidad. En horas de la noche, encabezados por el patrón, dan rienda suelta a sus más bajas pulsiones y sin que ella quisiera, aquellos hombres la prostituyen. Pagan por el servicio sexual con uno o dos gramos de oro. Al principio ella puede lloriquear pero cuando las sesiones sexuales son continuas, “empieza a gustarle” y de esta manera continúa con el “negocio”, porque ella piensa en la cantidad de dinero que ganaría, tanto de día y mejor todavía de noche; es decir, doble trabajo; ante la vista del público sacrificándose y en cierto modo sufriendo y de noche gozando.

El marido se da cuenta que con su mujer ocurre el tipo de relaciones sexuales que cualquier marido imagina; pero no hace escándalo porque al ver los gramos de oro en las manos de su mujer, titubea y la pupila de los ojos se le agranda y brillan de ambición. Calculando la cantidad de dinero que obtendrán si continúan de esa manera, porque después de todo: “Acaso eso se gasta, solo se estira…”. Hablando de estos temas, varias veces nos reímos de todos aquellos infelices que optaron viajar a Puerto Maldonado, de aquellos que vivieron experiencias adversas hasta perder a la esposa e incluso la misma vida.

Luego que conversamos animadamente con el marido de la lechona en un momento de descanso, fue al baño y conversó con mi consorte y de pasito le comentó: “Tu marido es un sátiro, sabe de mujeres que jamás yo suponía siquiera…”. Luego que el desgraciado se fue, mi mujer me comentó sobre aquellas conversaciones y solo dije que todo era al contrario, porque jamás había ido a Puerto Maldonado, ni me interesaba en lo más mínimo, excepto solo cuando quise saber de la gente, como el cuento de su mujer la lechona, que en este momento estoy escribiendo.

La lechona al escuchar tanto alarde que hacía su marido, simplemente callaba y al tiempo que también recordaba la cantidad de amantes que había tenido en su vida. Pero ella era mas discreta no contaba nada a nadie. Al contrario ella, después de tantas experiencias llegó a la conclusión: “Que vas a hacer niña, los hombres son siempre así…”. En torno a ella solo había comentarios diversos que terminaron solo en rumores. Podemos concluir que aquel que se había gozado de la vida, era precisamente la lechona y no tanto el marido. Rumoreaban que comenzaba con los choferes de su camión y continuaba con los ayudantes, para seguir con sus clientes. Entre tanto, el marido en Cusco también en sus andanzas emborrachándose y durmiendo en los hoteles con otras cholas.

DOS

Los acontecimientos ocurrieron en la ciudad del Cusco y en todo el trayecto a la capital del departamento de Madre de Dios, Puerto Maldonado. Sin embargo, varios vecinos suyos aseguran que en la misma ciudad del Cusco, en Urcos y Ocongate y aun en Quince Mil a la lechona vieron embriagada durmiendo con sus amantes en los hoteles. Cuando yo era aún joven y de estado civil soltero, me miraba de soslayo y como era soldado del ejército y tuve ya experiencias sexuales, adivinaba sus pensamientos y no quise hacerle feliz porque considere sería actuar como un felón, porque como dije, su marido es mi primo legitimo. Aunque ella hubiera aceptado si le daba algún indicio que yo quería acostarme con ella. Después de más de 30 años me arrepiento, he debido actuar como deben hacerlo los verdaderos machos.

Todos saben que las mujeres cuando no les haces nada, comentan entre ellas: “Es un maricón, no le gusta las mujeres, pobre cojudo. Soltero maduro, maricón seguro…”. La lechona no solo dormía con sus choferes, también lo hacía con sus clientes que enviaban madera a Cusco, en el momento de negociar el costo del flete, invitaban cerveza y luego de la comida, directo al hotel y ahí ambos amantes daban rienda suelta a sus más bajas pasiones, buscando nuevas sensaciones. En otras ocasiones, cuando ella llevaba cebollas o tubérculos y se daba la oportunidad de venderlo todo y retornar a la ciudad imperial casi inmediatamente, invitaba cerveza al comprador y luego en el restaurante para hacer los arreglos de la compra y venta, casi siempre terminaba en borrachera y luego la cama: “Poniéndole cachos a su marido”.

Los parientes sabían de las aventuras amorosas de la lechona y al marido le hacían las bromas sea en su presencia o ausencia: “Cuando el tío trate de entrar a su casa, no podrá hacerlo porque sus cuernos lo impedirán, porque son tan grandes como de los venados y todo por culpa de la lechona”. Otro que escuchaba atentamente agregaba: “Pero, carecer de cuernos es como tener en casa un jardín sin flores”. Ideas y hechos que hacía que unos a otros se miren la cara y todos se reían a carcajadas.

En cierta ocasión se matrimoniaron ciertos sobrinos suyos de la lechona y su marido. A las doce de la noche todos bailaban de alegría, porque también se encontraban borrachos. La lechona como yendo a su casa, va con uno de los hermanos del novio. Este también le siguió, nosotros que tuvimos la suerte de vivir también por ahí, lo advertimos. Se fueron directo a la cama y luego de media hora regresa como si nada hubiera ocurrido. Entretanto su marido que le gustaba la cerveza como chancaca, ya embriagado conversando con los demás familiares, no sospechaba siquiera. No tuvo el reparo de fijarse en su mujer, menos desconfiar de las intenciones del sobrino. Con razón comentaban: “La lechona barría con todos, con viejos y jóvenes, hasta con los sobrinos”; aunque los viejos con dinero eran de su preferencia.

Nos dimos cuenta que efectivamente hacía este tipo de actos de traición a su marido, porque se le veía hasta con su nuevo amante, su sobrino. A este en algunas reuniones le preguntaron sobre sus relaciones que tenía con la tía. Él sin rubor expresó que gracias a ella se había hecho hombre, agregó además: “Eso no había sido solo para orinar, sino para… tú ya sabes”. Como resultado de esta conversación se ganó el apodo en quechua de “khuchi machu”[3]. Comentan los demás jóvenes de su generación: “Si no hubiera sido por la tía, tendríamos entre nosotros a otro maricón de miéchica…”.

Como vuelvo a reiterar en el caso del marido de la lechona, no podía decir nada, era preferible evitar el escándalo, porque qué dirían los padrinos de matrimonio, los parientes y vecinos. Tal vez fuese conveniente: “Hablar con el sobrino de hombre a hombre, para aclarar las cosas y no estén hablando por ahí tonterías”. Pero prefirió callar porque él no quiso hacer más escándalo y además qué iba a obtener del lío, debido que su mujer también sacaría a relucir “sus asuntos”.

Recordemos que la lechona era una mestiza de mediana estatura y que había engordado porque un tiempo se dedico al negocio de la carne de cerdo. Además que gracias a los negocios desayunaba en un plato hondo, caldo de cabeza de carnero o solo adobo de chancho. Otras veces cuando se empalagaba, prefería un montado de carne de cordero con dos huevos estrellados, las grasas eran comidas de su preferencia. Cada vez que cuando la evoco me viene la figura de Sancho Panza.

TRES

Comenzaron a viajar marido y mujer, en el trayecto había que alimentarse o pasar la noche en un pueblito pequeño y solicitar alojamiento en los hospedajes que había en el trayecto; pero como las rentas fueron regulares, luego de saciar el hambre, pedían cerveza y comenzaba la juerga hasta perder el conocimiento. Para asegurar la carga que transportaban solo había que encargar al ayudante o al chofer que en varias ocasiones no era participe de la francachela. En cambio, ellos pedían y pedían botella tras botella, hasta que perdían el conocimiento y momentos cuando, en varias ocasiones perdieron dinero y al día siguiente ella cuando se tocaba el sexo, se daba con la sorpresa que tenía la vagina y vulva adoloridas y con muestras de semen alrededor del aparato reproductor e igualmente la ropa interior.

El marido también pensaba que había ocurrido algo; pero ensimismado en sus pensamientos reflexionaba: “Que miéchica, eso no es nada, que a mi mujer se la han tirado no es nada, peores cosas pasan en la vida; si se trata del negocio, peor es que esos hijos de puta no me paguen. Ella no sabe las cosas que hice con todas las cholas. Además ella ya no tendrá hijos, que se los tire cualquiera y a mí también que me deje en paz de vez en cuando carajo”.

Para emprender viaje por si caso rezaban a su santo favorito y solo así podían reemprenderla nuevamente. Aquellos que le conocían de cerca sabían que eran devotos del Señor de Ccoylluritti, cada año concurrían en peregrinación al santuario, además porque la imagen estaba en el paso que conduce a Puerto Maldonado, por las alturas de Mahuayani. Marido y mujer fueron siempre unos hipócritas, con rezar y pedir perdón a los santos y vírgenes lo arreglaban todo.

Los choferes que tuvieron la suerte de conocerla, solo unos cuantos mostraban amistad sincera y la querían de veras, el resto eran unos mentirosos oportunistas y envidiosos. La mayoría de ellos querían viajar solos, porque de paso sabían que podían llevar pasajeros encima de la carga y todos estos reportes económicos eran para el chofer, si era así, el conductor estaba alegre y actuaba honestamente. En otros momentos los dueños del camión hacían conocer su determinación de viajar con el chofer, entonces éste cambiaba inmediatamente de actitud y disimuladamente malograba alguna parte del motor del camión, la misma que consistía en la rotura de algún tubo de conducción de aceite, hidrolina o la conexión de algún cable eléctrico.

Si el chofer sabía que iba a ser acompañada por la lechona, su entusiasmo era notable, porque pensaba inmediatamente en conquistar a la mujer y de esa forma estaría pagándose cuanto el marido le había quitado, al no darle el camión a su entera responsabilidad, todo era interés por el dinero o algo de por medio. No podemos decir que la lechona tampoco era inocente sino que se hacía la que no sabía, porque como dijimos era digna e imposible que la gente haga malos comentarios sobre ella. A veces no aceptaba ni las bromas, porque sencillamente no deseaba “atracar” con cualquier hombre que se le presentaba en su camino.

A la lechona obviamente le querían sus hijos, además que también hacían lo mismo sus amantes y su marido que a veces le aborrecía; pero como casados no era posible divorciarse. Aquellos individuos que trabajaban con ella y pensaban obtener algún provecho, mostraron su simpatía por ella; pero en cambio a aquellos que les hacía la competencia vía precios, lo odiaban a muerte. Fuese en la compra o la venta de cualquier artículo, cuando ella ofrecía por debajo “de lo normal” los rumores corrían. Se debía por la presencia de la lechona y comentaban: “La lechona esta jodiendo la plaza, vamos a putearle. Está chupando en el restaurante de la esquina…”.

[1] Denominación popular que indica al hombre cuya esposa engaña con otro.
[2] Embarcación pequeña con motor fuera de borda.
[3] Viejo cochino.